Mi papá es un papá a la antigua, de esos que no cambiaban pañales pero hacía que no faltara nada en nuestra mesa; no diría que el mejor papá del mundo pero sí el mejor papá que él supo ser. Nadie le enseñó maneras correctas, sobrevivió a miles de formas incorrectas de ser padre y trató de hacer lo que pudo. Pese a todo, cuando yo pienso en él, pienso en la cálida sensación de haber sido y ser “una niña de papá”, en esa conexión tierna que tenía conmigo pese a la brusquedad de sus conductas. Las niñas de papá les sacamos sonrisas aun cuando estén enojados, podemos convencerlos de alguna idea loca y sabemos que harían cualquier cosa por nosotras.

Es maravilloso que ahora haya muchos padres modernos que trabajan en equipo con las mamás, que saben lo que es preparar un biberón, correr al hospital por una calentura y ayudar con la tareas.  A todos ellos, el placer inigualable de ser parte de la vida de sus hijos en todos sus momentos, yo no creo que a ninguno les haga falta un par de medias para sentirse felices por el rol que cumplen. Pero también feliz día a todos los papitos a la antigua, de esos que no sabían qué era lo mejor pero hicieron lo mejor que supieron, a los que no huyeron y se quedaron y cuidaron de nosotros con trabajo.

FELIZ DÍA A LOS PAPÁS en cualquier modalidad en la que hayan ejercido, que nosotros como hijos seamos el reconocimiento vivo de que hicieron bien su trabajo.